domingo, 17 de septiembre de 2017

Mentiras podridas

Me dejan tacto y ojos sólo niebla,
niebla de mí, mentira y espejismo:
¿qué soy, sino la sima en que me abismo,
y qué, si no el ser, lo que me puebla?

Octavio Paz: La caída



Tremendo enfado cogió Francisco I al descubrir que las FARC ­–utilizando como cortina de humo su reciente visita a Colombia– incluyeron en la lista de los exculpados a 30 connotados narcotraficantes, quienes no tendrán que pagar por sus crímenes gracias a una guerra en la cual no participaron.
De ahí el ácido ángelus ofrecido por el Santo Padre en Cartagena, donde dedicó un buen porcentaje del mismo a condenar los siniestros barones de la droga y sus pérfidos negociados, con estas palabras textuales–:
Así se refirió el Papa a los narcos en Cartagena: Todavía hoy, en Colombia y en el mundo, millones de personas son vendidas como esclavos, o bien mendigan un poco de humanidad, un momento de ternura, se hacen a la mar o emprenden el camino porque lo han perdido todo, empezando por su dignidad y por sus propios derechos... [1]
Una arrechera semejante también debió haber agarrado Juan Manuel Santos, a quien el Presidente Donald Trump le reclamó por el incremento de un 100% de las áreas cultivadas de coca desde el inicio del llamado Proceso de paz con las narco–guerrillas, advirtiéndole –en ese estilo de elefante en cristalería que le caracteriza– que EEUU tomaría represalias económicas contra Colombia de no resolverse perentoriamente la situación.

La mentira podrida de la paz



La causa de este incordio proviene de una mentira podrida: que las FARC buscaban integrarse realmente a la sociedad neogranadina. En la reunión que realizaron los ex guerrilleros para definir su programa político, concluyeron en que el objetivo de esta nueva etapa era subvertir a Colombia desde adentro, empleando para ello las debilidades del sistema democrático. Para no dejar dudas al respecto, mantuvieron las siglas FARC para el nuevo partido, y votaron por la  estrella roja, uno de los íconos globales del partido comunista.
Empero, la subversión incruenta lleva ya un largo camino recorrido. Antes que Santos le colocara la guida al cóctel, las FARC se habían infiltrado, de manera inadvertida aún para la mayoría de los colombianos, en las cortes penales, substituyendo a los fiscales y jueces a punto de jubilarse por fichas de su organización. Hoy puede decirse que hay muy pocos miembros del Poder Judicial dispuestos a aplicar el peso de la Ley a los responsables de los delitos imputables tanto a las FARC como a sus socios narcotraficantes.
Con obvias diferencias, lo que pasa en Colombia no es tan distinto en el fondo  de lo que sucede aquí.
Por supuesto, el abogado, periodista y empresario Santos es mucho más instruido y astuto que su paisano y colega, Nicolás Maduro, ex reposero del  Metro de Caracas.
Pero la propuesta de ambos coincide en comunizar ambas naciones según fuera acordado en el Foro de Sao Paulo de La Habana, donde se planificó la implantación del Socialismo del Siglo XXI en todo el subcontinente,  financiándolo con la coca andina, el petróleo venezolano y la madera amazónica.
Los criminales que ocuparán próximamente curules en el Parlamento de Colombia no son moralmente mejores que los hijos de crianza de Maduro, enjuiciados al presente por narcotráfico en Nueva York.
La técnica de descuartizar a quienes los denuncian, supuestamente usada por los Flores en el caso Carlos Rafael Galíndez Graterol, alias Carlos Breaker –según Adriana Vigilanza–, es práctica común en la narco–guerrilla del vecino país, y representa una oscura herencia del Cártel de Medellín.
Tampoco ostentan mayores valores éticos el presidente del TSJ, Mikel Moreno –ex convicto de 2 homicidios–, los hermanitos Rodríguez –involucrados en la voladura del Piper Apache donde murió Alfredo Anzola, presidente de Smartmatic, cuando volaba a Curazao, a declarar contra ellos, según Carlos Julio Peñaloza– y los mayores Diosdado Cabello y Jessy y Arné Chacón –que tomaron el Canal 8 el 4-F y asesinaron a sangre fría a los vigilantes de la televisora, suceso por el cual nunca fueron enjuiciados–[2].

La mentira podrida de la soberanía




Otra mentira podrida es la soberanía, según el criterio foropaulista.
Etimológicamente, este vocablo proviene del latín super omniasobre todo o poder supremo–; sinónimo de  principatusprimero entre semejantes o principal–. También se conoce como derecho de una institución para ejercer su poder. Tradicionalmente se consideran tres los elementos de la soberanía: territorio, pueblo y poder. En el derecho internacional, la soberanía es un concepto clave, referido al derecho de un estado al ejercer sus poderes. He aquí sus definiciones:
1.    Según Jean Bodin (1530–1596)[3]–: Es el poder absoluto y perpetuo de la República. Soberano es quien toma las decisiones y da las leyes sin recibirlas de un tercero, es decir, aquel que no está sujeto a leyes escritas, pero sí a la ley divina o natural.
2.    Para Thomas Hobbes (1588–1679) es el al monarca o soberano como fuente única del poder. Así, en Leviatán (1651) justifica la existencia del autoritarismo estatal.
3.    Según Jean-Jacques Rousseau (1712–1778): Soberano es el pueblo, que da origen al poder enajenando sus derechos a favor de la autoridad.[4]
4.    Finalmente, conforme a Emmanuel-Joseph Sieyès (1748–1836): La soberanía radica en la nación y no en el pueblo[5]. La autoridad no actúa sólo en función del sentimiento mayoritario coyuntural –que pudiera surgir de influencias y pasiones desintegradoras– sino según legado histórico y cultural de esa nación y los valores y principios bajo los cuales se fundó. La nación incluye a todos los habitantes de un territorio, sin exclusiones ni discriminaciones.
De Rousseau nació el concepto de soberanía popular, de Sieyès el de soberanía nacional. Después de la II Guerra Mundial, ambas caracterizaciones se fusionaron en las constituciones, enmiendas y leyes de rango constitucional.
¿Dónde estamos ahora? Para ponerlo bien claro, bien lejos de Bodin y Hobbes, que en criollo pudiese sintetizarse con el refrán: ¡En mi casa mando yo!  Mando, siempre y cuando no me vuelva autoritario.
Pongamos un ejemplo.
Suponga usted que el vecino aporrea a diario a la esposa e hijos. Que se gasta un dineral en la calle, regalándose a los amigos. Que mantiene a los suyos contusos, hambreados y sin medicinas. Que la fuente de sus ingresos es la venta de drogas. Que los gritos de la familia por los golpes recibidos no dejan dormir al vecindario, temeroso como está de que, en cualquier momento, ocurra una desgracia. ¿No intervendría usted en este caso, por lo menos informando a las autoridades de tan grave situación? ¿Y no deberían las autoridades llamar al sinvergüenza e informarle sobre que, a la próxima, lo ponen preso y mal recomendado.
Esto es, exactamente, lo que pasa con Maduro y su régimen, el pueblo de Venezuela y el resto de los países, por lo cual, ¡En mi casa mando yo!, no es aplicable y dejó de ser funcional conforme la moderna legislación sobre los DDHH. Y no puede ser antipatriota aquél familiar que solicite auxilio de las autoridades, ni injerencista el vecino que pida la intervención de terceros para evitar mayores daños.

La mentira podrida del diálogo



La última mentira podrida que voy a analizar es la que sostiene la oposición acomodaticia, que saldremos de esta dictadura militar, comunista y narcotraficante por vía de las elecciones. Falso de toda falsedad. No porque yo así lo quiera, sino por que oigo a los portavoces del régimen y me los tomo en serio.
Maduro ha llevado a la MUD a donde la sentó en diciembre del año pasado, a iniciar un diálogo con mediadores ideológicamente afectos al régimen: Zapatero, ex presidente de España; Medina, presidente de la República Dominicana –país que le debe a Venezuela el oro y el moro en petróleo–; Bolivia, cuyo presidente, Morales, está en el mismo negociado de la nieve; Nicaragua, presidencia vitalicia presido a cargo del pedófilo Ortega. ¡Qué belleza!
La única excepción es México, pero que poco puede hacer pues el gobierno de Pena Meto se tambalea entre las amenazas de Trump y las acciones de los poderosos carteles de la droga.
Que la MUD deba o no dialogar, concurra ono a las elecciones de gobernadores, nombre o no como delegado a Timoteo Zambrano son asuntos sobre los cuales no quiero ni pensar. Tengo mis valores y, a mi avanzada edad, no quiero renunciar a ellos. Son como el cariño verdadero: ni se compran ni se venden.
Pero que lleguen a más de lo mismo y que no les pese en su conciencia el vil asesinato de 150 valerosos venezolanos que creyeron en su buena fe y concurrieron, ilusionados, a las marchas por ellos convocadas durante más de 8 meses, es algo que me produce naúseas. Porque los muertos, los heridos y los sobrevivientes de esas jornadas lo único malo que hicieron fue creer en sus mentiras podridas


[1] Diario El Colombiano, Primera Página, 10 de septiembre de 2017
[2] El mayor responsable por omisión fue el Presidente Rafael Caldera, quien, obsesionado por volver a gobernar, prometió a los golpistas encarcelados en El Rodeo eximirlos de toda culpa, si le apoyaban para ganar las elecciones. Si, una vez electo y una vez condenados, hubiese empleado sus poderes para liberarlos, otro gallo cantaría pues Hugo Chávez jamás habría podido acceder a la Presidencia de la República por la vía comicial.
[3] Los seis libros de la República (1576)
[4] El contrato social
[5]  ¿Qué es el Tercer Estado? (1789)

No hay comentarios:

Publicar un comentario