domingo, 26 de noviembre de 2017

Venezuela necesita un psiquiatra

El sexo y el amor van de la mano y algunas veces toman whisky con soda. Sin embargo, la mezcla de los dos líquidos no se convierte en whisky de soda o soda de whisky, comoquiera que se combinen.
Dime a quién amas y te diré quién eres y, sobre todo, quién quieres ser.
Theodor Reik (1888–1969)


Los políticos de la denominada IV República cometieron dos errores que, a mi parecer, le costaron la democracia a Venezuela, convirtiéndola en colonia cubana y empoderando al comandante golpista Hugo Chávez y al reposero Nicolás Maduro, ambos fichas de la IV Internacional Comunista, conocida coloquialmente como Foro de Sao Paulo.
Estos polvos del pasado que trajeron las miasmas cloacales del presente fueron:
1.    Rellenar los vacíos poblacionales del país con migrantes provistos de máximo resentimiento social y desprovistos del mínimo conocimiento, sin exigirles –a cambio de los bienes y privilegios recibidos–, al menos, su compromiso con la identidad nacional.
2.    Permitir que el virus cancerígeno del marxismo leninismo, fatalmente unido al nacionalismo panarabista de Gamal Abdel Nasser en el Levante, se convirtiera en alternativa ideológica de las FFAA.

La pepera con Fidel

Después de la digna y en su momento súper criticada postura del presidente Rómulo Betancourt, cuando derrotó los intentos golpistas y guerrilleros en el territorio nacional y exigió la salida de Cuba de la OEA por su agresión a Venezuela, más que comprobada con la frustrada invasión a Machurucuto, Raúl Leoni dejó la relación diplomática con el gobierno castrista tal como la encontró, sin mayores cambios.
Cuando Caldera asumió el poder, comenzó la pepera con el mesías iberoamericano, Fidel y, de allí en lo adelante, todos los gobiernos compitieron por ver quién era más pro–fidelista y anti–yanqui que el anterior. A esta actitud de admiración perruna se le ha buscado más de una explicación: antropológica, política o sociológica. En verdad, no la hay.

Toma de posesión de CAP II. Después vendrían El Caracazo y el 4–F

Humildemente, me gustaría proponer una opción psicológica, que comienza con una anécdota.
Dos alpinistas –más bien andinistas– llegan a la cima del Pico Bolívar en la Sierra Nevada de Mérida, a más de 5 Km de empinada altura. Tras coger aliento, uno de ellos comenta con sorna la frase del filósofo Bertrand Rusell–: El hombre es el único animal que esquiva el dolor y busca el placer.
El compañero escalador le responde–: ¿Y qué somos nosotros, animales u hombres? Porque mucho mejor estaríamos al calor de la leña en Los Nevados, tomando calentaditos. O en Mérida, haciéndole el amor a nuestras mujeres, en vez de estar aquí, muertos de frío y con todos los músculos adoloridos…

El sadomasoquismo y la sociopolítica

He aquí la paradoja que permite entender por qué el masoquismo va mucho más allá de las preferencias sexuales de individuos aislados. y conduce a la sociocultura y la sociopolítica pues, si así no lo fuera, ¿cómo se puede explicar que las masas encuentren placer en sufrir tantas desgracias y humillaciones?
A través de la vulgarización y desestimación del masoquismo, como fenómeno que sólo atañe a pocos, y cuyo ejercicio se limita a las alcobas, algunas de las cuales pueden lucir muy estereotipadas –como la ilustrada en la película 50 sombras grises–, pero que, en todo caso, se quedaría en los ámbitos cerrados, no se pueden entender terribles casos como el que vive la nación venezolana, sometida a las peores iniquidades por el sadismo de sus enemigos, captores y victimarios: los Castro, los Rodríguez, el Chávez, el Timochenko, el Ramírez, el Maduro, el Diosdado y El Padrino; por sólo citar algunos.
No hay duda de que las inclinaciones masoquistas instintivas están muy repartidas en la humanidad. Basta con asistir a las ceremonias religiosas y observar como los fieles se flagelan públicamente.
Por otra parte, en los sofás de los psicoanalistas, miles de personas confiesan su familiaridad con tal goce sexual. Más aún, muchas de ellas revelan que éste es el único placer sexual que les produce orgasmos. ¡Cuántas más debe haber que pudieran decir lo mismo, pero se lo tienen bien guardado! Por eso, Freud llegño a definir el masoquismo como: La más frecuente y significativa de todas las perversiones.
Sólo la ignorancia y la hipocresía sociales impiden que la humanidad tome conciencia del creciente significado sociocultural de esta preferencia; desde su forma física más elemental –caricaturizada por la mujer dominante, medio desnuda con cuero ceñido alrededor de la vulva y látigo en mano– hasta sus más refinados aspectos de dominación ideológica y mediática:

Infligir dolor ­–sadismo– o recibirlo –masoquismo– puede generar un intenso estímulo sexual. Las fantasías sexuales que incluyen escenas sadomasoquistas conjuran imágenes en las que el sujeto aparece en trance de ser apaleado, atado, azotado a latigazos, encadenado, insultado, cosquilleado, esposado, retorcido, amordazado, quemado, zurrado en las nalgas o víctima de
 Virginia Johnson y William Masters

cualquier otro ultraje, o asumiendo el papel de verdugo. La fuerza física o el dolor se hallan presentes de manera muy gráfica y por lo general el estímulo sexual de la fantasía está en proporción directa con las protestas de la víctima. Como en muchos otros casos, el paciente no suele mostrar deseos de trasladar la fantasía a la realidad Un participante voluntario en una investigación sobre el tema, describió su fantasía masoquista predilecta con bastante detalle, y luego puntualizó: “La verdad es que no soporto el dolor físico y no comprendo por qué esta fantasía me excita hasta ese punto”.[1]

El hombre es un animal masoquista

El médico y psicoanalista vienés Theodor Reik, alumno de Freud, le dio un enfoque diferente al masoquismo–: Fuera del ámbito sexual, empero, emerge un tipo social de masoquismo que puede dominar la vida entera de las personas y los grupos sociales. Separada por un abismo de aberración sexual, existe una plétora de fenómenos trágicos que van desde el fracaso, la mala suerte o las misteriosas vicisitudes hasta las abrumadoras catástrofes que afectan a pueblos enteros, fenómenos gobernados por un oscuro deseo de sufrimiento. Me preocupa más el problema de una actitud típica hacia la vida, que el de una actitud trágicamente anormal. Aquí se presenta un problema que pone en peligro creciente a toda la civilización. Quiero señalar este aspecto de la presente situación humana.[2]
Sólo ahora, al haberse demostrado lo imperativo de tal compulsión, puede el masoquismo ser comprendido y definido colectivamente. La diseminación del masoquismo, lleva a reformular de la frase de Russel, citada por los escaladores del Pico Bolívar–: El hombre es un animal masoquista.
En este sentido, Reik prosigue:
Resolver un problema según el método científico implica alejar más sus interrogantes […] A menudo la actitud masoquista se usa para atormentar al otro. La interrelación de ambas tendencias instintivas y opuestas, sadismo y masoquismo, es tan evidente como su secuencia […] El cambio de la sumisión masoquista a la agresión brutal no está restringido al individuo. La historia registra un buen número de pueblos que resisten durante siglos el poder arbitrario de crueles dinastías, adorándolas, sufriendo alegremente dolor y privaciones, sólo para explotar de pronto y  lanzar su furia destructiva contra los opresores antes bien amados ¿En qué momento se produce esta mutación? La respuesta se proyecta más allá del problema del destino aislado de un instinto. Hay que referirlo al origen del masoquismo.
Según Freud, la perversión instintiva surge como la proyección de los impulsos sádicos contra el ego.
El sadismo elemental apunta a la violencia y a la agresión contra el otro. Este objetivo inicial, con el tiempo, se olvida y se reemplaza por el ego, por la propia personalidad del individuo o del colectivo social, que se transforma, simultáneamente, en víctima y victimario.
La violencia comienza contra uno mismo o  contra la gente a quien se ama. Por esta rebelión contra del ego, la meta instintiva activa se transforma en pasiva. El proceso posterior muestra el progreso hasta lo que se conoce como verdadero masoquismo: se busca a un nuevo personaje –un líder mesiánico– para que asuma el rol de violador contra el ego. Se supone que este personaje tratará al ego como el masoquista quiso tratar a otra persona –y también se trató a sí mismo–. Con la inversión del sádico a masoquista, se alcanza el apogeo psicológico de esta relación.
En el procedimiento, según Freud, hay dos etapas. La primera, la transformación de sadismo en auto–sadismo. La segunda, la sustitución del auto–sadismo por el masoquismo, o ejecución de las intenciones sádicas por otro.[3]
Dichas etapas incluyen un intermedio que traza la frontera entre sadismo y masoquismo. Se le llama fase reflexiva, y se le alcanza al retornar a un objetivo reflexivo e instintivo.
El ego se convierte en activo y pasivo. Es el cénit del ego, y lo logran, a veces, los grandes actores y, casi siempre, los más conocidos capitanes de empresas y admirados líderes carismáticos.

Muerto el perro, se acaba la rabia

Por fortuna, la relación sadomasoquista entre las masas y sus dirigentes no es hereditaria: Muerto el perro, se acaba la rabia.
Es posible, empero, que la imagen pública del actor, empresario o político venerado masoquistamente por sus seguidores se prolongue más allá de su existencia. Sucedió con Humphrey Bogart, Henry Ford, Joseph Stalin. Pero no hubo más bogarcitos, fordcitos ni estalincitos.
Los fans cinematográficos miran una y otra vez Casablanca, pero a nadie siquiera se le ocurrido filmar un redo.
A la Ford le han perdonado todos sus yerros gracias a la imagen de su fundador, incluyendo los muertos de la Explorer por su pésimo diseño estructural.
El estalinismo murió con el georgiano, y con él también se acabó el denominado socialismo científico, que no nada tenía de lo uno ni de lo otro, sino todo lo contrario. Pasó un tiempo, es cierto, pero cuando cayó el muro de Berlín, nadie volvió a poner sus ladrillos.


La sumisión no se transmite por herencia

Raúl Castro, sabedor de que el castrismo estiró la pata cuando enterraron a su hermano, busca desesperadamente que la revolución siga su  rumbo –léase, que el poder se quede en manos de sus actuales usufructuarios–.
Es también la pretensión actual de Maduro, a quien la imagen pública de Chávez se fue desvaneciendo más rápido de lo que esperaba, gracias a su manifiesta incompetencia, ignorancia y mala fe; así como a la desmedida avaricia de sus colaboradores. Y sólo cuenta con los sádicos de los colectivos, las policías y la Guardia Nazi–onal para combatir la escasez de alimentos y medicinas, la estanflación y la falta de divisas cambiables de manera clara, ya que a las disponibles hay que lavarlas antes.
El mayor problema de Venezuela es que carece de un sádico mesiánico, para que el pueblo se le entregue como lo hiciera con Chávez. Lo cual no es malo ni bueno, pues Alemania Oriental tampoco lo tuvo cuando se reunificó con la República Federal. Sin embargo, nadie puede negar que el experimento germano ha sido un éxito a todas luces. Por lo que Venezuela, más que un líder político, lo que necesita es un psiquiatra.



[1] William Masters, Virginia Johnson: La sexualidad humana, Tomo III, Ediciones Grijalbo, Barcelona (España), 1987
[2] Theodor Reik, Masoquismo en el hombre moderno, Tomo I, Editorial Sur, Bs. As, 1963
[3] Leda Doat y Janice Japkin: Acerca del masoquismo en Freud, http://132.248.9.34/hevila/TramasMexicoDF/
1994/no7/8.pdf


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