miércoles, 19 de octubre de 2016

La hora de las chiquitas

La política es un asco
porque a ellos se confía
cuidar la soberanía
y nos mandan al peñasco.
Sus promesas son un fiasco,
mienten antes de elecciones,
y en todas las votaciones
da lo mismo el resultado,
no importa quién ha ganado
el saqueo es de a millones.
El pueblo no reacciona,
parece que está dormido,
no protesta ni hace ruido
contra quienes más traicionan…
La justicia no funciona
y el juez, por unos morlacos,
permite grandes atracos
a las arcas, ya vacías,
que son la vil alcancía
de ladrones y bellacos.
En el día mundial contra la corrupción (2015), Rubén Sada

Muerte civil para los corruptos

Según El Comercio de Lima (18/10/16), Pedro Pablo Kuczynski, Presidente de Perú, anunció varias medidas de urgencia para combatir la corrupción. Esta decisión viene a raíz de los escándalos mediáticos protagonizados por sus ex asesores Carlos Moreno, José Labán y Jorge Villacorta; los cuales le han hecho perder el 12% del apoyo popular, según las encuestas. PPK informó por televisión que el Consejo de Ministros sesionará hoy para aprobar el proyecto de ley que da la muerte civil a condenados por corrupción. Quien haya sido sentenciado por casos de corrupción nunca más podrá volver a trabajar en el Estado. Sea en el gobierno central, en municipalidades o las regiones–: aseveró PPK.
Aunque la corrupción es un problema de vieja data en América Latina –al menos así lo asegura James Mitchener en Caribbean (1989), donde destaca que. el Almirante Cristóbal, los Virreyes Hernán Cortés (México) y el Tuerto Orellana (Quito) y todos los gobernadores sin excepción del Nuevo Mundo enfrentaron juicios por peculado y tráfico de influencia ante las Cortes de España–, los actuales asaltantes del botín han superado todas las marcas, no sólo por la cuantía de lo robado en sus países, si no también por los irreversibles daños ocasionados como efectos colaterales por sus actividades delictivas especialmente los mandatarios vinculados al Foro de Sao Paulo, que es una forma eufemística de denominar a la IV Internacional Comunista, organizada por el Partido de los Trabajadores de Brasil en 1990, y donde se decidió reiniciar La Guerra Tricontinental, descrita por el Che Guevara el 16 de abril de 1967. Una de las reglas claves del Foro –y asimismo de la Tricontinental– fue: No aceptar, en ningún caso, una “revolución nacional”, “democrática”, “progresista”, que dejara al socialismo para mañana. De una manera muy tajante y polémica, aseguraba que si la revolución no era comunista, sería sólo “una caricatura  revolucionaria”; un intento que, a la larga, terminaría en fracaso o tragedia como tantas veces había ocurrido.

Los miembros del clan foropaulista

Cuando hablo de presidentes foropaulistas me refiero, específicamente, a los esposos Kirchner en Argentina; Lula da Silva y Dilma Rousseau en Brasil; Evo Morales en Bolivia; Rafael Correa en Ecuador; Mauricio Funes en El Salvador; Manuel Zelaya en Honduras; Daniel Ortega en Nicaragua y, finalmente; Hugo Chávez y Nicolás Maduro en Venezuela. Afortunadamente, de toda la camada foropaulista sólo están vigentes Correa, Morales, Ortega y Maduro. La inobservancia la norma básica de la Tricontinental pareciera haberlos desaforado, al menos por ahora.
Ah, ¡por supuesto! Quedan Raúl Castro, el líder del grupo, y los pepa-asomados José Luis Rodríguez Zapatero y Pablo Iglesias, su más avezado pupilo, Secretario General de Podemos. Habría que saber hasta dónde llega el compromiso con estos personajes de Juan Manuel Santos, presidente de Colombia, pues, según mis amigos de la vecina República, el rolo supuestamente profesa la misma ideología, ya que se capacitó en la escuela donde también asistieron Nicolás, Tibisay y Piedad, bajo la atenta mirada de Fidel, el maestro carnicero.

Una historia de ratas

Pero, volviendo a Perú, Mario Vargas Llosa, describe el estado en el cual quedó su nación, tras la huida de Alberto Fujimori. como una Historia de ratas (13/12/01)–: Cuando el Presidente Fujimori huyó del Perú, y la dictadura que encabezó a lo largo de diez años se desplomó como un castillo de naipes, los nuevos gobernantes, elegidos por el Congreso para garantizar un proceso electoral limpio, se encontraron con un Palacio de Gobierno desmantelado por los antiguos locatarios (se habían llevado hasta los ceniceros y las sábanas), y atrozmente afeado por arreglos huachafos (la huachafería es la variante peruana de la cursilería). Se encontraron, también, con que la antigua Casa de Pizarro era un nido de ratas. La compañía encargada de desratizar Palacio capturó y contó, antes de incinerarlos -me aseguraron que la cifra era redonda- 6 mil 200 roedores aposentados en los sótanos, entretechos, rincones, repisas y covachas de la construcción que desde hace cuatro siglos y medio es emblema de los destinos del Perú.
Antes de Fujimori, hubo otro régimen corrupto, el del socialdemócrata Alan García, quien reemplazó al militar castro-comunista Juan Velasco Alvarado. Así lo recuerda Julio César Blanco en El Diario Internacional (12/01/07)–: El primer gobierno de Alan García (1985-1990) estuvo marcado por la corrupción y violación a los derechos humanos que hasta hoy recordamos con mucho pesar. Como poder olvidar la creación del Comando Paramilitar “Rodrigo Franco” por Agustín Mantilla, encargado de asesinar a dirigentes sindicales y populares, la masacre de los penales en 1986, las cuantiosas sumas de dinero malversadas en el famosísimo y promocionado tren eléctrico (que por cierto nunca llego a funcionar), los millones de dólares MUC derrochados en complicidad con sus socios los “doce apóstoles”, el caso Zanati, INDUMIL, los Mirage, la venta irregular de acciones de la deuda externa a cargo de Luís Alva Castro, la carne podrida importada por Morales Bermúdez, etc., etc., etc. A la par del copamiento absoluto y manejo corporativo del estado por parte de la “maquinaria” aprista de aquel entonces.

La corrupción es endémica en América Latina

El punto es que en todas partes se cuecen habas, que la corrupción no está limitada a una tendencia partidista o a una ideología política, ni tampoco a una condición castrense, civil o eclesiástica, si no a las características de la naturaleza humana.
Pese a el final tragicómico del régimen fujimorista, que quiso perpetuarse en el poder a través de la reelección, pese a la actuación de Vladimiro Montesinos –todopoderoso jefe de inteligencia y mano derecha del presidente y responsable de las desapariciones forzadas y muertes de opositores–, pese a los robos y otras fechoría cometidas con el visto bueno del el Poder Judicial; en los comicios del 7 de junio del 2016, PPK  le ganó a Keiko Fujimori por menos de un punto porcentual, cerca de 40 mil 500 votos. Algo parecido sucedió con Alan García, quien venció en el 2006 a Ollanta Humala por un 52,8 contra un 47,2% en la segunda y definitiva vuelta.
Lo que sucedió en Perú con Alan y Keiko, con mucha similitud con lo que pasó en Venezuela con Hugo y Nicolás pudiera entenderse como que a los latinoamericanos no les importa mucho la corrupción ni lo demás, siempre que no le saquen los cobres del bolsillo
Por eso, echarle únicamente a los militares venezolanos la culpa de la corrupción no sólo es injusto, sino incierto. Como lo hizo Alan García y otros de sus compinches socialdemócratas en su país, aquí varios adecos lo han hecho. Y también los democristianos. Y todo anduvo de maravillas, en la IV República, hasta que el ciudadano de a pié comenzó a sentirse venido a menos, por la pérdida adquisitiva del bolívar. Proceso que inició el Viernes Negro de Luis Herrera, acentuó Jaime Lusinchi y llevó a su apogeo Carlos Andrés Pérez.

El golpe adeco



El lunes pasado se cumplieron 71 años del 18 de octubre de 1945. El capitán Mario Ricardo Vargas Cárdenas, quien dirigió el movimiento armado y le entregó el poder a los civiles para reformar el Estado y celebrar las primeras elecciones directas, universales y secretas en el país, demostró la necesidad de la participación militar para hacer girar la política y la economía, cuando los mandatarios se entronizan en el poder, se entierran en sus bunkers y deciden joder a la mayoría. Vargas dijo en aquel momento–: No hay golpes sin militares ni golpes buenos, pero en ocasiones no hay alternativas.
Creo que estamos al borde de una situación parecida al del 18-O de 1945, a la del 2-D de 1948 y a la del 23-D de 1958. Pero hay que entender La óptica verde oliva. Los militares no son policías constitucionales, han sido entrenados para obedecer a quien detenta el mando, en una asombrosa pirámide vertical equiparable a los organigramas de las Iglesia y el Partido Comunista. Los jefes militares, que preparan a sus subordinados para combatir, no desean hacerlo porque no son psicópatas ni les pagan por matar. La guerra es la última solución, no el primer recurso del cual echar mano.
Hoy se complica aún más el hipotético panorama de un golpe, porque los responsables directos del mismo pueden ser acusados y enjuiciados por delitos imprescriptibles de lesa humanidad. Por lo cual les toca a los civiles urdir un argumento aceptable como el de Fuenteovejuna, cuando se trancan las demás salidas incruentas, lo que pareciera estar sucediendo en Venezuela.
El problema es que hay que hablar claro, para que la mayoría lo entienda y sepa cuál es su rol a la hora de las chiquitas.


No hay comentarios:

Publicar un comentario