jueves, 10 de diciembre de 2009

La contaminación mediática

El 22 de octubre de 1962, con el apoyo de sus aliados, John Fitzgerald Kennedy estableció un bloqueo al régimen de Fidel Castro, apoyado por unidades navales y aviones en torno a Cuba. Si los navíos soviéticos intentaban forzar la cuarentena, la III Guerra Mundial se desataría.
Al día siguiente, en Radio Caracas TV, Víctor Saume transmitía el primer cuarto de hora de El show de las 12, desconociendo que Manuel Graterol Santander –Graterolacho-, asistente de Saume, le había preparado una broma de mal gusto: Miguel Toro –locutor de El observador Creole-, leyó por el audio de retorno del estudio una nota, que no estaba saliendo al aire pero así lo parecía, donde se aseveraba que el presidente estadounidense había solicitado al Congreso una declaración formal de guerra contra la URSS.
Al escucharla, Saume llamó al Suavecito –Edgar Jiménez-, presentador ocasional del programa, y le encargó de terminarlo. Salió, muy atribulado, de la emisora, y se dirigió a buscar su carro, estacionado al frente. Graterolacho, aterrado ante las posibles consecuencias de su gracejo, lo interceptó antes de que se fuera, y le explicó lo que realmente había sucedido.
El que Saume, un personaje actualizado e informado reaccionara de esa manera, abandonando su trabajo para reunirse con los suyos hasta el minuto final, revela lo que entonces era un pánico generalizado de desaparecer globalmente durante un cataclismo nuclear.
Esta condición se mantuvo por más de medio siglo, y sólo desapareció con la caída del Muro de Berlín, de la cual se conmemoraron este año dos decenios. Años después se sabría, gracias a declaraciones de testigos de excepción y desclasificación de papeles confidenciales, que ni los EEUU ni la URSS estaban dispuestos a llegar al día después, y que quien desequilibró el chantaje bipolar fue Kennedy. Tras demostrar que no dominaba este diabólico ajedrez, fue supuestamente eliminado por meterse a brujo sin conocer la hierba.
Para los chicos y chicas de entonces, sin embargo, el pánico resultó una bendición, pues, ante su inminencia la consigna planetaria fue: ¡A follar, a follar, que el mundo se va a acabar! También un buen tema proselitista para los evangélicos. Y mejor aún para los medios, quienes llenaron espacios e incrementaron su circulación y rating con estos contenidos convenientemente aderezados con kilotones y efectos colaterales de las explosiones anticipadas.
En su best-séller Estado de Miedo, Michael Crichton formula la hipótesis de que, con la desintegración del Imperio Soviético, también se perdió el temor a la muerte súbita por una conflagración nuclear. Tal pérdida –discurre el autor-, en vez de potenciar los niveles globales de felicidad, causó una anomia insoportable para los medios, los políticos y los juristas, pues éstos necesitan desesperadamente del temor para poder incrementar sus audiencias, controlar las masas y generar juicios de valor. Y avala su obra con una extensa bibliografía, cuyas fuentes científicas están disponibles para quien las quiera leer: www.giss.nasa.gov/data/update/gistemp/station data, http://cdiac.esd.ornl.gov/ghcn/ghcn/ghcn.htlm, http://earthobservatory.nasa.gov/Observatory/Datasets/tsurf.tovs.html
y http://datasystem.earth-kam.ucsd.edu; entre otras.
La información que ellas proveen y que data desde los albores de la meteorología ofrece un panorama diferente a lo que comúnmente se atribuye como la mayor causa del calentamiento, la contaminación ambiental, apuntando hacia milenarios ciclos de cambios climáticos del planeta, donde se alternan el calentamiento y el enfriamiento como fenómenos naturales
Como en 1989 Al Quaeda aún no se había lucido aún, había que inventar otro terror. Y así se lanzó la Teoría del Calentamiento Global, una trama cuyo supuesto final se visualizaba un idéntico al anticipado por los profetas del holocausto atómico. Así surgieron toda clase de OG y ONG, un partido trasnacional –Greenpace-, centenares de miles de metros de videos. Toneladas impresos y pancartas y decenas de miles de voluntarios y contribuyentes sobre un tema que se basa, mayoritariamente, en investigaciones tergiversadas, inexactas o incompletas. Un proceso de desinformación colectiva encabezado por fablistanes y políticos, que a veces operan como tontos útiles y otras proceden de mala fe, transformados en quinta plumistas, según define el académico de la RAE Marcelo Alonso a quienes manipulan consciente o inconscientemente la ética de la comunicación.
En éste último caso pareciera haber caído Al Gore, cuyo documental ha sido recientemente cuestionado por la falsía de los datos en los cuales se basó su guión, al punto que se le ha pedido a la Academia desposeerlo del Oscar obtenido.
El mismo deslucido papel que el ex Vicepresidente desempeñó en pro de su causa cuando le tocó mandar, atribuido entonces por los fanáticos de la conspiración a la presión de las industrias contaminantes, pudiera entenderse ahora como el reencuentro con la verdad al estudiar el asunto más profundamente, desde su privilegiado puesto de mando.
No es que nos opongamos a un mundo mejor, con una atmósfera y una biosfera libres de tóxicos hasta donde ello sea práctico y sustentable. Pero hay que concienciarse que la única polución no es que se discute ahora en Copenhagen, sino también la mediática, la cual añade un agobio innecesario a nuestra ya estresada existencia. Y el método científico es, por antonomasia, contrario al amarillismo y el fanatismo. Por eso, la exigencia al periodista tiene que ser, como figuraba en un antiguo sobrecito de fósforos: Antes de opinar, ¡infórmese!

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