sábado, 29 de diciembre de 2012

Hacia el Humanismo Democrático


Como pareciera haber tantas dudas acerca del comportamiento que debe observar cada ciudadano en estos días aciagos que vive la República, me permito transcribir en mi último blog del año las siguientes reflexiones, las cuales también hago totalmente mías.  Agradezco a mi primo el habérmelas facilitado.
(Prefacio de la obra Hacia el Humanismo Democrático)
 Arturo Uslar Pietri
 Tanto como del aire, como del agua o como de la tierra, el hombre necesita de una ideología, de una razón de ser, de una explicación de su papel en el mundo. Esta es su dignidad y es al mismo tiempo su grandeza y su debilidad. La necesidad de creer, de participar, de realizar un designio está detrás de todas las acciones humanas, y no es otra cosa que la necesidad de saber, de comprender y de justificarse.
 La tarea de entender el mundo y el destino y de integrarse a él muchos la sustituyen por un simple acto de adhesión a una doctrina militante. Han confiado su tarea de pensar y de dirigir su acción a otras manos y han caído en la actitud pasiva de la que surgen los secuaces, los fanáticos y los esclavos. Han renunciado a la suprema responsabilidad de ser hombres.
 Hoy el mundo corre el peligro de verse polarizado entre simplificaciones doctrinarias extremas, entre la cuales no parece quedar campo para la libertad y la responsabilidad del individuo.
 Si el hombre va a ser salvado de la catástrofe física de la destrucción nuclear y de la catástrofe mental de la renuncia al pensamiento y a la libertad de objetar, no hay sino un camino abierto y es el de la búsqueda de una afirmación del hombre como dueño y siervo de su conciencia. Tiene que partirse de la evidencia de que es el hombre el que hace la Historia y no la Historia la que hace al hombre, que es el hombre el que hace la ciencia y no la ciencia y la técnica las que hacen al hombre, que es el hombre el que concibe y le da sentido al mundo y no el mundo el que crea y le da sentido al pensamiento humano.
 El camino de salvación del hombre parte de una actitud fundamental e integralmente humanista. De una declaración individual de independencia que diga: Soy hombre y no estoy dispuesto a renunciar a serlo, y soy hombre en la medida en que acepto y rechazo según los dictados de mi conciencia.
 El primer paso para esta liberación consiste en rescatar al hombre de los dogmatismos, en restituirlo a su plena responsabilidad y en hacerle comprender que en sus manos individuales está el presente, el provenir, la historia y el destino del mundo, y que esa responsabilidad no es renunciable, ni delegable.
 Frente al hombre de hoy pasan las ideologías cerradas para invitarlo a la adhesión sin reservas. Parecen decir: ¿Para qué te vas a preocupar de pensar si otros más capaces que tu se encargan ya de hacerlo por ti? ¿Por qué te vas a cargar con la responsabilidad de decidir, ante las cambiantes circunstancias, si alguien más ilustrado y poderoso que tú ha trazado ya los designios y tú no tienes más que seguirlo? Todo lo que necesitas para alcanzar la seguridad, la paz de espíritu y la integración dentro de lo colectivo es renunciar a tus dudas, a tus caprichos de querer decidir y adherirte ciega y decididamente a lo que te proponemos.
 No hay doctrina cerrada en la que quepa el hombre entero. Todas, en grado variable, son lechos de Procusto, que militan y deforman al hombre para ajustarlo a sus propósitos y dogmas.
 El gran camino de la liberación es el que invita al hombre a ser hombre, a serlo plenamente, a serlo con angustia creadora, a serlo con valor de aventura, a serlo con buscadora audacia.
Para ello tiene que partir de una convicción no dogmática y no cerrada, que no rechace nada a priori y que lo convierta en juez del mundo y decididor de su propio destino. Esa convicción es simple y únicamente, ésta: Soy hombre en la medida que me hago al mundo y hago al mundo a mi semejanza, soy hombre en tanto que respondo de mi libertad como instrumento de bien o de mal; soy hombre para recibir y rechazar en cada hora y en cada circunstancia lo que me ha sido posible conocer como bueno y como malo; soy hombre en la proporción en que uso mi libertad, mi conciencia y mi saber, mis manos y mi mente, para hacerme mejor yo y mejores a mis hermanos, para mejorar la suerte de los otros y para que sea respetada la dignidad de cada quien; soy hombre, mientras me abstengo de odiar y me esfuerzo por comprender y amar; mientras no persigo ninguna libertad que no sea criminal, mientras respete el derecho de cada quien a pensar y a creer libremente en cosas distintas y hasta contrarias a las que yo creo; soy hombre en la medida en que acepto e invito a cada hombre a luchar por su libertad y su responsabilidad y a oponerse a toda imposición ideológica y a toda persecución ideológica. Soy hombre mientras pueda afirmar; nada significa para mí que una ideología sea compartida por muchos si no es válida para mi conciencia y para mi libertad.
Esta es la posición de realizar al hombre frente al mundo por medio de su conciencia, de su acción y de su libertad, en libertad, en libres asociaciones de colaboración, en organizaciones estables nacionales, en sistemas internacionales de paz y cooperación.
Es una invitación a la plenitud de ser hombre. Al honor, a la dignidad y a la responsabilidad de ser hombre libre. No persigue ninguna ideología, no trata de sustituir un credo cerrado por otro credo cerrado, invita a todos los que crean en la libertad y en el poder creador del hombre a sumar libremente su capacidad y su decisión a la construcción de su destino humano, individual y colectivo, para la nación y para la humanidad.

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