viernes, 27 de enero de 2017


¿Cómo apelar al ciudadano de a pie?


Antecedentes

Hubo un programa radial en Venezuela que se llamó Complaciendo peticiones. Al momento de hacerlo, el locutor ponía dos melodías y decía–: ¡Ahí van las dos ligaditas…!  Una gran amiga, Julieta, quien sigue oyendo radio –para oír hablar mal del gobierno, que es donde se puede hacerlo fuera de las redes sociales, me pidió que escribiera sobre temas como la rabia, el miedo y la ira, los cuales son empleados en las ondas radioelParadojas te, quien en su ensayo ncisco Kerdel Begas, mi entraas las cosas- Por lo cual, me fustaras redes socialesmo el de loshéctricas con más entusiasmo que tino. Quizás porque, hoy, gracias a Internet, creemos saber todo y de todas las cosas- Por lo cual, me gustaría comenzar con una advertencia del eminente médico e intelectual venezolano Francisco Kerdel Vegas, mi entrañable pariente, quien en su ensayo Paradojas médicas, advierte–: Las páginas de la Web ofrecen a quienes las consultan una extraordinaria riqueza de información, sin paralelo a nada que haya ocurrido anteriormente, y varios buscadores (personalmente utilizo Google, 'hyplink5 google.com, como mi buscador favorito), y el problema actual es saber como orientarse en una verdadera "jungla" de información disponible. Desglosar lo superfluo de lo fundamental. No es tarea fácil…
Bueno, complaciendo peticiones, Julieta, hay te van varias, ligaditas…

Lo afectivo es lo efectivo


Bajo el influjo del conductismo, el psicoanálisis fue desplazado de la investigación social en la década de los ochenta del Siglo XX. Esto condujo a la posibilidad de agrupar los mensajes en tres categorías, según éstos apelaran a la razón, los sentidos o los sentimientos.
Considerado en su momento como una verdadera revolución del planeamiento estratégico, el cambio tiene, sin embargo, un origen muy antiguo. Para comprenderla hay que remontarse a Platón.
En La República, Sócrates y sus discípulos dialogan sobre el thymos, esa porción del alma que aspira al reconocimiento de su propia valía o dignidad, conocida hoy como autoestima. Es el thymos lo que impulsa al guerrero a luchar, arriesgando su vida, en contra de su propia e instintiva supervivencia. El thymos pertenece al mundo de los sentimientos. Al lado del thymos, Platón reconoce otros dos componentes adicionales, el uno materialista, que desea bienes y placeres; el otro que razona.
Hasta la tercera parte del siglo pasado, la comunicación no apelaba casi nunca al thymos. Se focalizaba más bien en las porciones del alma que desean y razonan, dejándole la autoestima a la propaganda, sobre todo a la propaganda política. Para ponerlo en otros términos, la comunicación de antaño persuadía, promovía y  motivaba

Apelación a la razón

Constituye, quizás, la manera más antigua de dirigirse al ciudadano. Casi todos los mensajes publicitarios de los años veinte a los cincuenta están llenos de ejemplos al respecto. En los mismos sobran las razones para vender desde un Rolex –caja submarina, cronómetro certificado, automatismo- hasta el jarabe conocido como La panacea universal, un remedio que nunca sirvió para nada, pero que se comercializaba extraordinariamente en base a pura charlatanería.
Peter Ouspensky asevera que la velocidad reactiva del razonamiento es la más lenta del organismo humano, si se la compara con la motricidad –la más rápida–, los sentimientos o los sentidos. También  afirma que en el razonamiento es neutral, mientras que las emociones y los sentimientos son siempre bipolares: aceptación o rechazo. Aunque muchos discursos provocan reacciones a favor o en contra,  Ouspensky explica esa paradoja explicando que no es la palabra la que desata la confrontación, sino la forma de expresarla, o la emoción con la cual se la tiñe.
Apelar a la razón es la receta clásica de quienes no quieren tomar decisiones, pues éstas implican riesgos: Vamos a dialogar, y a ver qué pasa… Aunque algunos veces los elementos racionales son imprescindibles, ningún mensaje de impacto puede ser construido exclusivamente en base a ellos. Se deben mezclar, armoniosamente, razones, emociones y sentidos. En otras situaciones, casos la racionalidad está contraindicada.
 Hay productos y servicios que, merced a su propia naturaleza, no pueden ser publicitados en base a la reflexión y la recapacitación, ni siquiera en el esquema clásico promesa básica + soporte. A esta categoría pertenecen, por ejemplo, las gaseosas, los seguros de vida y los impuestos.
-       En las gaseosas no existe beneficio alguno al consumidor. Doce onzas de cola negra contienen siete cucharadas de azúcar refinada, un carbohidrato que altera el metabolismo del páncreas y genera caries dentales, así como gas carbónico, cafeína y sabor artificial. No hay razón válida alguna para sustituir agua cuando se quiere calmar la sed . Al contrario, se podría argüir demasiado en contra del hábito de ingerir refrescos.
-       En seguros de vida los beneficiarios son siempre personas distintas a quienes les contratan y pagan. Adquirir un seguro de vida, como asienta George Bernard Shaw en Guía política de nuestro tiempo, es como apostar contra uno mismo: Yo le apuesto a un corredor a que no me voy a morir, dentro de un término determinado, y él me apuesta a que sí.
-       Aún si usted viviera en Escandinavia, que no es el caso, a cualquiera le desagrada pagar impuestos. Se percibe al fisco como un ogro voraz, que despoja de lo que tanto cuesta ganar, con la cuestionable promesa de devolverlo en bien común. De nada vale apelar a la equidad, a la justicia distributiva, y mucho menos en Venezuela donde la honestidad y calidad de la gerencia y los servicios públicos no se compadecen con el sacrificio de sus contribuyentes.
Apelación a los sentimientos


Cuando las palabras no son suficientes para expresar lo que usted quiere decir, le toca acudir a los sentimientos. Por eso, en comunicación, lo afectivo es siempre lo efectivo.
Los sentimientos, igual que los sentidos, son cinco: alegría, dolor, miedo, orgasmo, y rabia. Algunos creen que sólo hay dos emociones positivas, alegría y orgasmo, pues las restantes parecieran ser negativos. Sin embargo, así nos hizo Papá Dios o la Naturaleza, como a usted mejor le parezca.
El régimen usa al miedo para impedir que la oposición marche hasta Miraflores y, en general, para que recupere los lugares públicos. De la Plaza Bolívar de Caracas, al norte y al oeste, el territorio es suyo. Y, de noche, como los perros, se cagan y mean en él para marcarlo. La noche también les pertenece, y lo manifiestan con la presencia de colectivos paramilitares, promovidos, armados, motorizados y con amplia impunidad.
Quien les adversa, les teme. Pero el miedo es algo, como dije, instintivo, natural. Todos los oficiales saben que, frente al fuego enemigo, los esfínteres son incontrolables y los soldados mojan y ensucian sus ropas.
Al miedo hay que asumirlo –no racionalizarlo–.
La gran estupidez que cometen algunos comentaristas, supongo que por ignorancia, es pensar que con un jingle como el de Los tres cochinitos–: ¿Quién teme al lobo feroz, tan atroz, tan atroz…?; van a disipar el miedo.  O con discursos altisonantes o grandilocuentes. Pura paja.
El sentimiento contrario al miedo –usando una licencia sicológica– sería la rabia. Porque la rabia –y no la ira, que es una elaboración–, en vinculación íntima con su instinto de conservación, le permite al sujeto actuar y destruir lo que le amenaza.
Al emplear emotividad en los mensajes, se genera aceptación y rechazo. El quid consiste en elegir cuidadosamente a quién focalizarlos.

Apelación a los sentidos


El empleo de la TV como portadora de comerciales revolucionó las teorías sobre la apelación a los sentidos. Con la prensa, según los pioneros, sólo se podía acceder al sentido de la vista; con la radio, al del oído. El cine, considerado Teatro de los pobres durante la Gran Depresión, no permitía en EEUU más anuncios que los tráileres y noticiarios. Sólo algunas salas, identificadas como sponsored –patrocinadas– pasaban cuñas.
Los dos primeros sentidos a los cuales se apeló, auditiva y visualmente, fueron el olfato y el gusto, en comerciales de alimentos, denominados genéricamente como apetite appeal. Después llegaría el tacto, presente en todas las cuñas mamá-bebé y en muchas escenas amorosas, más o menos tórridas, que venden desde jabones hasta ropa íntima.
La causa que sin oler, gustar ni tocar puedan percibirse dichas sensaciones, sólo viéndolas y oyéndolas, se debe al gigantesco almacén de la memoria humana. A este respecto Gabriel García Márquez, en su prólogo al Diccionario Clave hace curiosas acotaciones, al referirse al limón –que en Colombia y Venezuela es de color verde y no amarillo-, a un pastel que sabía a Mozart y a un refresco que sabía a cucaracha

¿Cómo vincularnos afectivamente con el ciudadano de a pie?


Si consideramos como una historia de amor al vínculo que los comunicadores deben crear entre la causa y el ciudadano de a pie, podemos analizarlo como una relación de pareja, con todos los pro y los contra inherentes a esta situación.
Opinión, actitud y lealtad
Ningún mensaje mediático es capaz, per se, de inducir a un grupo mayor o menor de personas a actuar en situaciones específicas, a menos que se encuentre predispuesto a hacerlo.
Si, por ejemplo, se llevara a cabo un sondeo ambientalista entre 100 personas, con preguntas tales como si se debe proteger la capa atmosférica de ozono, impedir la destrucción de la selva amazónica o proteger al caimán del Orinoco y otras especies en vías de extinción, probablemente la totalidad delas respuestas afirmativas. A este sentimiento colectivo se le llama opinión, y constituye un primer nivel de compromiso.
Si, dejándose llevar por el entusiasmo y partiendo del sofisma que todos los encuestados están comprometidos con la causa ambientalista, se les pide concurrir a partir del próximo sábados El Ávila, con dos arbustos, para reforestarlo; si salen 7 ó 8 voluntarios se concluir en que habríamos hubo un error, y preguntarse cuál fue. En realidad no lo  hubo tal: los voluntarios poseen un segundo y más elevado nivel de compromiso, al cual denominamos actitud.
El tercer nivel o sueño de todo comunidad se llama lealtad, proceso que suele llevar mucho tiempo y que, a veces, pasa de padres a hijos, como en Venezuela en el caso de los productos Jabón las Llaves, Diablitos Underwood y Maizina Americana marca El Águila, con más de un siglo de liderazgo en el mercado.
El éxito generacional de estos productos no puede ser explicado de manera alguna.
Desde el punto de vista del diseño, los tres comparten símbolos y logotipos absolutamente desvinculados de sus contenidos o beneficios; además, como comentan casi todos los diseñadores gráficos, son increíblemente feos_ ¿Dónde está el apetite appeal de un paté de jamón en cuya etiqueta aparecen diablitos rojo, provistos de tridentes? ¿Qué tienen que ver dos llaves antiguas, cruzadas en equis, con un jabón para lavar ropa fina? ¿Qué rol desempeña un águila toscamente delineada como el emblema de un almidón de maíz?
A través de los años, muchos anunciantes han intentado competir con estos productos, ya que se fabrican en base a tecnologías simples y recetas conocidas. Han trabajado sobre ofertas de precio, tamaños y mejoras; pero todos sus esfuerzos han sido en vano. Lo único que los ha vencido es su actual escasez.
Carisma y liderazgo

Se puede ser un buen administrador o gerente, se puede ser un excelente líder, pero el carisma es harina de otro costal. Para Jacques Bergier, generar efecto carismático requiere de un don y una enseñanza: Oriente sabe pero no puede; Occidente puede pero no sabe. Por razones aleatorias, ocurre a veces que ambos elementos afluyen, de manera espontánea, en un mismo individuo. Tal es el caso de Henry Ford, creador de la industria automotriz moderna, y padre de una de las marcas más famosas de automotores a nivel global.
La influencia masiva del líder carismático suele ir mucho más allá de su existencia biológica. El afecto que millones de conductores profesan hacia la marca Ford no ha disminuido un ápice, pese a los numerosos yerros que la firma ha cometido en el tiempo. Y es que los consumidores parecieran estar afectivamente inclinados a perdonar estas fallas, lo que no sucede con sus competidores como Chrysler o General Motors, a quienes siempre se les exigen máximo excelencia.
Ese algo más, que no se puede aprender en ninguna academia, es lo que explica la persistencia de personajes históricos como Alejandro El Grande, Napoleón Bonaparte o Simón Bolívar–: En el efecto carismático hay más que el desencadenamiento de una paradoja. Durante la resistencia francesa contra la opresión nazi, hubo jefes por quienes los militantes, hombres y mujeres, que nunca les vieron, se dejaron torturar y matar. El efecto carismático es una actitud que puede transmitirse a distancia…
[]  El efecto carismático no fatiga a quien lo ejerce. Puede difundirse entre decenas o miles de espectadores, o también sobre una sola persona []  Para comprender este proceso podemos utilizar la analogía que existe en informática entre dos sistemas, un ordenador –u amo– y un servidor –o esclavo-. En el  ser humano, además, la interrelación va acompañada de placer para el esclavo.
Hay transferencia de información del amo al esclavo, y viceversa. La data es de tal naturaleza que induce al esclavo a imitar al amo, a gustarle, a no contradecirle. Lo importante de estos mensajes no es su novedad o creatividad, sino sus contenidos.
Escuchar es obedecer, Comendador de los Creyentes, se le respondía a Mahoma. Se trata de transmitir instrucciones y no afectos: muchos de quienes poseen el poder carecen de todo calor humano.
[] Quien posee el efecto carismático está absolutamente seguro de sí mismo. En cambio, la mayoría de la gente no lo está, vive con incertidumbres fundamentales que conducen a la búsqueda de alguien seguro de sí mismo. El carismático, irradia esa confianza.[1]
Max Weber cree que hay tres razones que explican la legitimidad de un gobernante: el poder tradicional que ejercían antiguos reyes, señores feudales y patriarcas eclesiásticos; la legalidad que deviene de un contrato social o Constitución; y la autoridad que proviene del carisma de un individuo, el cual se caracteriza por la devoción personal de sus seguidores a la causa del hombre y por su confianza en él, traducidas por cualidades prodigiosas, heroísmo u otras virtudes excepcionales que le convierten en jefe. Es el efecto carismático que emplea el profeta, el conquistador, el gran demagogo, el soberano plebiscitado y el líder político.[2]

El consumidor venezolano: Ricos y pobres

Desde sus inicios hasta comienzos del siglo pasado, se propagó la creencia que los ricos irían al Infierno y los pobres al Cielo. Este juicio valorativo proveyó a Martín Lutero del combustible básico para iniciar su Reforma Religiosa en el Siglo XV, y se ha constituido desde entonces en la causa justa que justifica todas las guerras y revoluciones del mundo entero.
Se trata de una afirmación arbitraria e injusta, pues induce a los pobres a portarse mal, ya que tienen prioridad de acceso al Cielo, y les refuerza a mantenerse en su miserable condición, como si la misma constituyese una virtud y no un oprobio. Además sataniza a los ricos, convenciéndoles que, aunque se comportasen como Teresa de Calcuta, les será muy difícil franquear la Puerta Celestial.
Además de arbitraria e injusta, la polarización entre pobres y ricos crea expectativas irresolubles, pues la salvación de las almas no depende del sufrimiento personal o colectivo, por grande, dilatado o voluntario que éste sea, sino del esfuerzo individual que ponga cada quien en saciar esa sed de infinito que todos llevamos por dentro, como acertadamente definió Octavio Paz.
De la supuesta bondad de la pobreza y maldad de la riqueza surgieron, entre otras ideologías, el racismo, el fascismo y el marxismo. Son teorías que intentan explicar el enfrentamiento entre los buenos y los malos, los negros y los blancos, los revolucionarios y los contrarrevolucionarios. Para los teólogos del III Milenio, sin embargo, el Infierno no se deriva de la pobreza o la riqueza individuales, sino del desaprovechamiento de las oportunidades espirituales que a todos se nos ofrece en nuestro peregrinaje por la vida.
Aunque jerarquía católica quiso rectificar e el significado de la parábola de los pobres y los ricos, el mal ya está hecho, pues se trata de una consigna demasiado simple, creíble e inteligible, para que el liderazgo, político, social y religioso la desestimaran.
La marginalidad
Actualmente los sociólogos responsabilizan la marginalidad y no la pobreza como causa directa de los problemas del subdesarrollo. Estiman los investigadores que la pobreza es un problema coyuntural, superable; mientras que la marginalidad constituye un problema estructural, insuperable o sólo modificable a largo plazo.
Después de la Revolución, Francia se arruinó. Tras la Guerra Civil, la Unión Americana cayó en la bancarrota. Al final de la II Guerra Mundial, la infraestructura industrial de Alemania desapareció. Alemanes, estadounidenses y franceses pudieron superar estas catástrofes porque compartían valores, desafíos de futuro e identidades culturales. Lo que no sucede hoy con los argentinos, mexicanos o venezolanos.
La marginalidad creció en Venezuela del 15 al 80% entre 1961 y 1998, como producto de diversas causas: culturales, económicas, demográficas, históricas, políticas, psicosociales: Su efecto real puede ser visualizado como el choque frontal de dos sociedades en conflicto, con roles y comportamientos distintos y hasta diametralmente opuestos, donde el marginal termina siendo un paria cultural, económico, social y legal, pues ha sido excluido de la asistencia pública, el consumo, la educación, el empleo formal y la legalidad.[3]
En Latinoamérica existen dos culturas en choque, la dominante y la dominada. La primera es equiparable a la de cualquier nación del Primero y Segundo mundos; la segunda sólo halla equivalencia en las regiones más atrasadas de África o entre las minorías negras, hispánicas y levantinas que apenas subsisten en los países desarrollados. Nada tiene que ver esta condición con el origen étnico, el medio ambiente o las creencias religiosas; sino con los déficit de formación y capacitación para el trabajo, la vida en sociedad y el ejercicio de derechos y deberes ciudadanos
Para De Vries, la marginalidad puede ser sintetizada como una Caldera del Diablo, donde sólo hay víctimas, rebeldes y victimarios. Escaparse de este círculo maléfico es improbable, pues los marginales carecen de inducción, motivación y herramientas necesarias para hacerlo.
Eran marginales, que no pobres, el 67% de los hogares venezolanos en el 2002. Y pertenecían a la pobreza crítica o pobreza extrema el 80% de nuestros compatriotas. Lo que nos indica que, de no gestarse cambios culturales, económicos y sociales de gran envergadura, pudiéramos alcanzar, para esta misma generación, el proceso de la haitianización de Venezuela.
Para la  Asociación Venezolana de Futurología, dicho proceso habría comenzado con la Gran Venezuela de Carlos Andrés Pérez, y pisó chola a fondo con el Proyecto Bolivariano de Hugo Chávez Frías.
Para que esta realidad cambie radicalmente, tanto en nuestro país como en muchas otras naciones iberoamericanas que hoy padecen los estragos de ese tsunami financiero desencadenado por los organismos multilaterales –un criterio que comparten la mayoría los mandatarios de la región–, es preciso ubicarnos en el origen de todos los males, el cual no es otro que la marginalidad, traducida como miseria, degradación y alienación para las mayorías nacionales; así como entender, tal como afirma magistralmente Edward Schumacher, que las causas de la pobreza son inmateriales, pues radican en carencias de educación, organización y disciplina.
El desarrollo no comienza con las mercancías, sino con la gente y su educación, organización y disciplina. Sin estos tres requisitos los demás recursos permanecen en potencia, ignotos e inútiles. Hay sociedades prósperas con una mínima base de riqueza natural, y hemos constatado cómo, en numerosas ocasiones, prevalecen los factores inmateriales en sus desarrollos. Todo país, no importa lo devastado que se encuentre, que cuente empero con altos niveles de educación, organización y disciplina, ha producido su milagro económico después de la guerra. En realidad, estos hechos sólo resultaron milagrosos para quienes estaban centrados en la macroeconomía [] Aquí el por qué el desarrollo no puede ser un acto de creación, no puede ser ordenado, comprado y planificado en forma total, pues requiere de evolución. La educación no salta, antes bien deviene como un proceso permanente y sucesivo de gran sutileza; la organización tampoco salta; evoluciona flexible y gradualmente, adaptándose a las circunstancias cambiantes; lo mismo ocurre con la disciplina. Las tres tienen que convertirse en patrimonio, no sólo de la minoría sino de toda la sociedad…[4]
Lucha de clases
No es el resultado de la lucha de clases, como lo plantean los teóricos del marxismo-leninismo como uno puede ganarse al ciudadano de a pie, e incorporarlo al crecimiento y desarrollo de las naciones; sino a través de un proceso que define Jacob Burchardt como igualación de castas, y al cual atribuye el Renacimiento: Sean cuales fueran las presunciones y vanidades de los nobles de toga y espada, los cortesanos se insertaban en el centro del país y no en su periferia. Trataban constantemente, en un plano de igualdad, con todas las clases sociales, y les acompañaban en todos sus proyectos, solidariamente, como camaradas imprescindibles de la cultura y el talento [] Es una distinción moderna, donde el saber y la riqueza daban la pauta del valor social, pero la fortuna sólo era válida en tanto y en cuanto permite su consagración al aprendizaje, la innovación y el mejoramiento de la calidad de vida.[5]
                                                                         


[1] Bergier, Jacques: El poder de los jefes; en Nuevo Planeta, P-55-60, Editorial Sudamericana, Bs. As, Julio-Agosto de 1970
[2] Weber, Max: Economía y sociedad, P. 29-31, Fondo de Cultura Económica, México, 1974
[3] Zubillaga, Carlos: La marginalidad sin tabúes ni complejos, P. 16, Ediciones Gonzant, Caracas, 2000
[4] Schumacher, E.F: Lo pequeño es hermoso, P. 147, H. Blume Ediciones, Madrid, 1979
[5] Burckhardt, Jacob: La cultura del Renacimiento en Italia, P. 281-282, Editorial Losada, Madrid, 1982

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